Acude
al terreno de juego sin un escudo que defender ni un resultado por
pelear, su misión es la de hacer cumplir las normas cual sheriff en
el lejano Oeste donde los pistoleros marcan ley propia. Los
futbolistas acuden cada semana al terreno de juego a sabiendas de
que habrá gargantas que ofrecerán su aliento en pos de la victoria,
dos aficiones divididas con la victoria como mismo objetivo, pero
entre todos él está solo, nadie apoyará su labor y en el
mejor de los casos pasará desapercibido, pues ésa será su
victoria.
Estará rodeado de veintidós futbolistas cuya herramienta es el
esférico mientras la suya es un silbato que hará sonar cuando crea
que algo no fue correcto, acarreando quizá el malestar de un lado y
la aprobación de otro. Sabe que en escasas ocasiones tendrá
a todos conformes y durante noventa minutos será mirada con
minuciosidad cada una de sus decisiones. Apenas unas décimas
de segundo tiene para decidir lo que puede ser la jugada
decisiva del partido, esa jugada que a veces vemos dos o tres veces
repetida en la moviola, a cámara lenta, sin llegar a una conclusión
esclarecedora.
No hay lugar para el descanso. El guardameta y los zagueros aguardan
el momento de defender su territorio mientras los delanteros esperan
impacientes la oportunidad de atacar el bastión enemigo, pero él ha
de estar pendiente en todo momento del devenir de los
acontecimientos, concentrado en su tarea siguiendo al balón
cualquiera que sea el sitio al que vaya. En su bolsillo aguardan dos
cartulinas, testigos de infracciones que van más allá del reglamento
y merecen advertencia o castigo según la gravedad del suceso. Los
hay que tienden a utilizarlas con mayor o menor vehemencia, pero
seguro que todos coinciden en que gustarían de no tener que
hacer uso de ellas.
Sus decisiones serán en su mayoría protestadas pero nunca revocadas
salvo por consejo de sus compañeros, pues no están solos en su
tarea: a los lados tienen a dos jueces de línea más uno que
aguarda cualquier imprevisto. Durante noventa minutos
tienen un banderín que señalará ese fuera de juego a veces claro, a
veces engañoso por cuestión de milímetros. La defensa adelantada,
ese gran enemigo del linier.
En un fútbol donde se destacan con fervor los disparos de Cristiano
Ronaldo, los regates de Messi, los goles de Rooney, las asistencias
de Xavi, las paradas de Casillas o las decisiones de Mourinho o
Guardiola, poco espacio queda para reconocer la difícil
labor de aquellos que, aun ajenos a cuestiones del balón,
también forman parte del deporte rey.